Paleta de corazón 📚


Ella era su novia y Agustín se sentía profundamente orgulloso de ella. La llamaba Adri, como un eco del “Ídem” o “Dido” que Sam Wheat le respondía a Molly Jensen en Ghost para recordarle su amor. Esa era su palabra secreta, su código en los momentos difíciles. Cuando él la pronunciaba, ella se derretía en abrazos y caricias, como si el mundo entero se detuviera.

Su romance nació en el servicio social, donde el amor no necesitaba grandes escenarios. El dinero apenas alcanzaba para comer, así que las citas eran paseos, miradas largas y silencios compartidos. Hasta su declaración de amor ocurrió en una oficina de gobierno, entre papeles y sellos oficiales. Allí, en medio de la burocracia, floreció un amor puro y desinteresado.

Una noche, por quedarse juntos en vez de comer, se durmieron abrazados en una banca de la Alameda Central. Ella recostó la cabeza sobre su pecho y cerró los ojos. Al amanecer, Agustín despertó con un dolor de cabeza tan fuerte que tuvo que ir al médico. “Es por la malpasada”, le dijeron. Él solo sonrió: valió la pena.

Pero el recuerdo más tierno fue su primer 14 de febrero. Le regaló una paleta en forma de corazón. Estaban tan absortos mirándose que no notaron cuando un sordomudo se acercó y dejó con delicadeza dos dulces sobre sus piernas. Luego siguió su camino sin recoger las paletas que vendía. ¿Los habría visto tan enamorados que decidió dejarles ese pequeño regalo? Nunca lo supieron.

Tiempo después, la vida los separó de la forma más cruel: una muerte inesperada. Ahora habitan planos distintos, como el Sol y la Luna, que se aman sin tocarse jamás. Y sin embargo, su amor sigue ahí, intacto, demostrando que el verdadero cariño no entiende de distancias ni de muerte. Texto: @PoetadelCafe