El cansancio hizo más mella en mí y estaba muy inquieto. De pronto, sentí cómo algo se me subía impidiéndome ver, respirar, sentir; pero no moverme y gritar, tal cual si tuviera una enorme piedra sobre mi pecho. Pensé que me aplastaría. Se escucharon entonces más voces y ruidos. Total, mis compañeros fueron amarrados con gruesos lazos. Maldita droga, no me dejó ni mover para hacer algo por ellos.
Los rivales eran unos asesinos. De entre ellos, uno llamó mi atención. Alguien nos defendió a lo que respondieron con amenazas de muerte. En eso, otro bañó con gasolina a quien protestaba. Al sentir el líquido sobre su cuerpo se estremeció por el terror y se retractó de lo dicho. Luego le contestaron, “tú les vas a encender el fuego. Tu consuelo será que van a dormir bien calientitos”.
El calor de un encendido cerillo cerca de su rostro lo amedrentó más. Se puso tan nervioso que se orinó de miedo. Mis compañeros, por su parte, seguían hundidos en un sueño tan pesado, no se habían dado “cuerda” de lo que estaba pasando. Comenzaron a bañarlos a todos con gasolina con el fin de quemarlos vivos y ellos seguían inconscientes. Una caja de fósforos se volvía a abrir. Después, una patrulla terminó con la pesadilla. (Autoría: Gilberto Quiroz)
