“A veces pienso que te estoy olvidando. Más de pronto llega tu imagen y te recuerdo. Escucho tu sonido y reinicia mi sufrimiento. El Sol, la lluvia y el viento; los lugares, las gentes, los comercios; aún los sitios que no recorrimos juntos me hacen acordarme de ti. Y no son esas cosas las que me atormentan, es mi alma que de ti se quedó llena, pues aún ante el espejo, no es mi imagen la que veo”.
Al concluir la lectura, además de su desesperación, pude ver melancolía. Con voz baja relató su historia. Sabe, joven, acabo de regresar porque no pude aguantar estar lejos. Gané algún dinero durante los últimos seis meses en busca de una mejor vida. Fui a Estados Unidos y cada día que pasé ahí se me hizo eterno. Por eso no puedo evitar escribir para sentirme tranquilo. Amo la Ciudad de México, pues aquí nací, y prefiero seguir careciendo de muchas cosas, pero nunca volver a cruzar la frontera. En eso, me dio las gracias y continuó su camino. Sentí impotencia de no poder ayudarle mejor, pues llevaba únicamente el dinero indispensable para regresar a casa. De repente alguien me llegó por la espalda. ¡Ya llegué! ¿No me tardé, verdad? (Autoría: Gilberto Quiroz)
